sábado, 10 de octubre de 2015

Héroes del silencio: Wings (1927)


Durante la Gran Guerra, los vértices masculinos de un triángulo amoroso reivindican el eros amical de la antigüedad hasta límites de apoteosis en esta verdadera joya del cine hollywoodense. Ambos jóvenes dejan atrás a una mujer igualmente lozana, pero cuya frágil y sensible apariencia no es la de Clara Bow, sino la de Jobyna Ralston. "Jack Powell" (Charles Rogers) pretende forzar el cariño de "Sylvia", aunque ella ha entregado el corazón a "David Armstrong" (Richard Arlen); cuando éste y aquél se enlistan para combatir en la fuerza aérea americana, el melancólico David lleva como amuleto de buena suerte un diminuto osito de peluche, regalo de su madre, mientras que el enérgico y vivaz Jack posee una fotografía de Sylvia originalmente destinada a... Si el lector no desdeña la superficie engañosa de nuestra relación, tendrá inclusive la oportunidad de apreciar las esencias de un buen melodrama, digno de Homero y de la auténtica identidad de Hollywood, tan lejos de prejuicios ajenos y propias --todo hay que decirlo-- torpezas.


Wings permanece históricamente como uno de los filmes más importantes jamás realizados: sus espectaculares, increíbles secuencias de acción, aplaudidas con justicia, constituyen solamente los hitos de una trama que nos habla de la guerra como sueño de heroísmo vuelto la más abismada pesadilla. En medio de tal caos, aparece demasiado brevemente un Gary Cooper de inevitable belleza, efímero fulgor que es aun más explicable debido a la portentosa fotografía de Harry Perry, que aquí se adelanta por tres años a su académicamente reconocido trabajo en Hell's Angels, la pantagruélica obra de Howard Hughes (también sobre pilotos de combate). Al fin y al cabo, si hay una estrella en Wings (ganadora del primer Oscar a la Mejor Película, vale la pena recordarlo), no se trata de la fugaz que pende cual una esperanza encima de "Mary" (Bow en cuasi martirológico rol) y Jack --como para disipar entusiasmos homoeróticos pertinaces--, sino del director William Wellman, quien continuaría explorando la naturaleza de la violencia y sus consecuencias fatales, trágicas, en otros largometrajes sobrios e intensos, disímiles y similares a un tiempo, si bien de muy menor escala y duración, como The Public Enemy (1931) y The Ox-Bow Incident (1943). 5/5

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